Amalia Hernandez Navarro

 
Nació en la ciudad de México (19 de septiembre de 1917 – 5 de noviembre de 2000). Su padre era un conocido político y militar y su madre una entusiasta maestra: don Lamberto y doña Amalia, respectivamente. El matrimonio Hernández tuvo cinco hijos: Lamberto, Agustín, Delfina, Gabriela y su primogénita Amalia.
Aunque desde muy pequeña Amalia manifestó su gusto por el baile y participo con un natural interés en los festivales infantiles de su escuela, no es sino hasta los ocho años de edad cuando exteriorizo, a su familia, su vocación por la danza. Sus padres, un poco renuentes a que su hija mayor tuviera inclinaciones artísticas, decidieron que Amalia tomara clases particulares, para cuyo fin, don Lamberto le construyo un estudio en su casa. Así empezó su carrera de bailarina.
Sus primeros maestros fueron de una calidad extraordinaria: el exiliado ruso Hipólito Sybine, considerado el mejor bailarín del ballet de Anna Pavlova, y madame Nesly Dambre, integrante de la Opera de Paris.
La infancia de Amalia, descrita por ella misma, fue como la de cualquier niña de su edad, salvo por su apasionado gusto por la danza. Su educación primaria la curso en la escuela Manuel López Cotilla y los estudios siguientes en la Secundaria numero 8. Por tradición familiar estaba destinada a ser maestra escolar, pues tanto su bisabuela como su abuela y su madre habían seguido esa carrera. Sin embargo, su interés por la danza fue mayor, por lo que dejo inconclusos sus estudios en la Escuela Normal. Sus padres la enviaron, entonces, a los Estados Unidos para aprender el inglés. No obstante, aquello no la alejo de la danza. En San Antonio, Texas, también estudio ballet. No hubo más alternativa para la familia que aceptar la carrera para la cual Amalia había nacido: ser bailarina profesional.
A partir de entonces la trayectoria que desarrollo la primogénita de los Hernández empezó a perfilarse. De acuerdo con Kena Bastien van der Meer, probablemente no exista rama del arte dancístico que no haya estudiado: además de los maestros mencionados, Amalia curso ritmos indígenas con Gloria Campobello; tap con Tessy Marcué; danza contemporánea con Waldeen; danzas regionales con los maestros Luis Felipe Obregón y Amado López; danza española con Encarnación López, mejor conocida como La argentinita; danza oriental con Xenia Zarina, y teatro con Seki Sano. Se especializo también en arte mexicano con el maestro Miguel Covarrubias en la Escuela Nacional de Antropología e ingreso a la Escuela Nacional de Danza, donde en las aulas coincidió con Martha Bracho, Josefina Lavalle, Ana Mérida, Guillermina Bravo, Socorro Bastida y Evelia Beristaín, entre otras.
La Academia Mexicana de la Danza se constituyo en 1946 con la idea de crear una institución oficial que diera un fuerte impulso a todos los movimientos artísticos. En este nuevo espacio institucional, Amalia participo como bailarina, maestra y coreógrafa; para entonces ya había realizado las coreografías Sonatas y Sinfonía India. A su vez formo parte del Ballet Moderno de Waldeen en donde destaco por su participación en la obra La Coronela.
No obstante la completa formación dancística en clásico y moderno que Amalia logro adquirir, su gusto por los bailes autóctonos de las diversas regiones del país los convirtió en su verdadera pasión. De hecho, desde su infancia vivió de manera muy intensa el ambiente de provincia y, en especial, el del campo, pues se dice que a su padre le gustaba mucho vacacionar en los ranchos. Con frecuencia Amalia visitaba ranchos de amigos y los de la propia familia, en donde tuvo la oportunidad de conocer una gran variedad de bailes, danzas y canciones mexicanas.
Estas experiencias fructificaron años más tarde, siendo ya bailarina profesional, al asumir el reto de hacer del folklor mexicano un espectáculo teatral.
Amalia Hernández fue, en ese sentido, producto de una nueva generación de jóvenes bailarines – Raquel Gutiérrez, Guillermina Bravo, Ana Mérida, Guillermo Arriaga, entre otros – que experimentaron esta inquietud por rescatar lo autóctono y conducirlo al escenario artístico.
Con una clara convicción de su quehacer en el campo del folklor, Amalia logro crear a partir de los años cincuenta, su propio grupo de ballet, el que, gracias a su talento, disciplina y dedicación, alcanzo la gran proyección nacional e internacional que actualmente conocemos.
Pese a lo intenso de su actividad artística, la vida privada de Amalia se desarrollo como la de cualquier mujer. Basándose en la premisa, descrita por ella misma, de que “no puede meter el ballet a su casa” y que por ende “mete su casa al ballet”, ha involucrado a sus dos hijas en la danza. En la actualidad ambas apoyan a su madre en el manejo de la gran institución que ha logrado ser el Ballet Folklórico de México.
El resultado de su trabajo está a la vista: dos compañías de ballet constituidas – la residente y la viajera -; una escuela de formación de bailarines; mas de 140 premios y reconocimientos recibidos; 35 años de presentaciones ininterrumpidas en el Teatro del Palacio de Bellas Artes y haber convertido al Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández, en el principal embajador artístico de México ante el mundo.
Estos logros, lo dice su creadora, han sido producto de un gran esfuerzo realizado en equipo, en el que todos y cada uno de los integrantes del ballet, desde el tramoyista hasta el primer bailarín, han participado con singular entusiasmo y han hecho que la estrella principal del Ballet Folklórico de México sea el ballet mismo.

* El Ballet Folklorico de México de Amalia Hernandez
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