La bailarina y el bailarin
 
La bailarina
Para Antonia Quiroz
 
La bailarina se desplaza por el escenario. Luce su figura: el busto erguido, a veces los brazos en alto, la cabeza gira. Intercepta a un ser invisible, lo obstaculiza como si deseara hacerse uno con el pero reconociéndolo, palpándolo, rodeándolo, obligándolo a emerger en la realidad. ¿Quién es este fantasma? Acaso un ser alado, un parpadeo de la fantasía o de la historia. Antimateria. O, tal vez, un juego de luces y oscuridad en el que un polvo efímero, provisional, imperceptible se hizo sustancia. Ella, la bailarina, lo sabe: domina el secreto y lo secreta. Acciona la persecución. El espacio: su dicha y su misterio. Juego de espejos. ¿Desde dónde? ¿Cuál es el origen del espacio? La bailarina lo sabe: días, horas siglos de cuidarlo, primero y después: de agredirlo, forzarlo. La lucha los hizo a ambos reales, presentes, presencias. Espacio y ser. Realidad y sangre. Universo. Terror. La bailarina no ceja en su empeño: musculosa, imperturbable, solo tiene una tarea en el tiempo: darle nombres a los movimientos de su cuerpo. Inventar una especie, una estirpe nueva. Se arquea. Observa. Pare imágenes. Su espalda se curva. Hacia delante, hacia atrás. Formas, posiciones. Fina flexibilidad de la columna, suave incandescencia. Los espectadores derraman un clamor en el interior de sus cuerpos, en el límite de sus almas. Piden llamarla Tierra, madre. El centro del centro. La bailarina los mide, los obliga. Hay lucha a muerte con lo invisible. Obsesión de registro. Intentan adivinar cuál es el siguiente movimiento, cual el regalo o la sentencia que siguen. Pero la bailarina, más apta que la vista, sustituye un envés de los brazos, un toque del cuello por un salto; y cae al suelo. Sin dejar de moverse, de mirarse, repta. Se desplaza recorriendo un camino virtual que ella misma ha trazado con anterioridad, en otro tiempo, en otra época. Un mundo aparte. Un dibujo sobre el piso. El escenario se enciende en contacto con la carne. Una ráfaga, un trazo. La bailarina, ahora, es un rebozo de fiera, una sombra: se ha incorporado con la rapidez de un tigre y se agazapa, en seguida, sobre la cumbre del espacio. ¿Qué la sostiene? Sus brazos se desconocen porque cada uno tiende a volar para su lado. Flechas hacia el olvido. La mirada en el medio, en el centro del eje. Su cuerpo, aparentemente maravillado, balbucea: se sube sobre sí mismo. La bailarina corre, alcanza a su sombra, se detiene. Vuelve el rostro. Con los ojos encendidos acusa al observador y muestra su transparente posesión: ella misma. Dicta sentencia. Queman sus ojos. Sale despavorida…

* La danza en situacion - Alberto Dallal


El bailarín

Vuelo por el espacio. Aprendí a ser ave, primero; después rayo; más tarde estela de cometa. Desemboque en el aire. Tire a matar en el frio de la noche cósmica. Me vestí de luces y esparcí mis alas. Mis pies también vuelan. Me recojo en mi cuerpo y expongo mi alma a la luz del sol. El escenario se ensancha. Soy no soy porque al aparecer desaparezco. Obligo a la luz a acompañarme y a ti, expectante, a mirarte en mí como en un espejo que juzga y contradice.
Debo buscar mis proyectiles en las piedras del espacio: experiencia de lo inasible. Debo inventar un rito verdadero. Me propongo escuchar los elementos azulados de la estrella. Vista, oído, boca se me contraen en el cerebro. Salto en el vacío y me abandono en mi cuerpo. Un guiño – para mí – es el cerrar imperceptible de los dedos o la sonrisa de uno de mis hombros. Mis huesos brillan y se alargan en el espacio. El ritmo es una greca (el temblor lo sabe). Alguien dirá que exagero la muerte de mis sentidos para atraer gozoso el trazo final de mis miembros. Tus ojos se han posado en el más vasto universo de mi alma. Forma y contorsión, lamento y lucha… ahora soy imagen.

* La danza en situacion - Alberto Dallal
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